Cada gol, cada viaje y cada anuncio del Mundial de 2026 deja una estela de carbono que pesa casi el doble que la de cualquier torneo anterior. Según los datos de Greenpeace, este campeonato ha emitido alrededor de 9 millones de toneladas de CO₂ equivalente, una cifra que enciende las alarmas. Pero la historia no termina aquí: lo que sucedió en Norteamérica puede servir de espejo para que el Mundial de 2030, que se celebrará en España, Portugal y Marruecos, no repita los mismos errores.
Un récord de emisiones con tres países y 48 equipos
El formato del torneo ya era una receta para el desastre climático. Por primera vez, 48 equipos compitieron en 104 partidos repartidos por Estados Unidos, Canadá y México, un territorio que obligó a millones de aficionados a recorrer distancias enormes. La organización estima que 5 millones de personas llegaron en avión desde todos los rincones del planeta. Ese volumen de vuelos explica buena parte de los 9 millones de toneladas de CO₂e generadas, casi el doble de la media de los Mundiales celebrados entre 2010 y 2022.
Además de los desplazamientos, el calor extremo marcó la competición. Los termómetros superaron los 30 °C de bulbo húmedo en más de una cuarta parte de los encuentros, y por primera vez en la historia de los Mundiales se impusieron pausas de hidratación obligatorias en todos los partidos. Cuatro de los dieciséis estadios contaban con sistemas de aire acondicionado y techos retráctiles, un intento de combatir el calor que, irónicamente, agravó la crisis climática con su enorme consumo energético y el uso de gases refrigerantes fluorados.
Patrocinios que calientan el planeta tanto como los estadios
El impacto no se quedó en el césped. Un nutrido grupo de los patrocinadores del torneo pertenece a la industria de los combustibles fósiles o a sectores con una elevada huella ambiental. La petrolera estatal saudí Aramco, la mayor del mundo, está entre ellos, al igual que Coca‑Cola, uno de los principales productores de plástico. Tampoco faltan las aerolíneas Qatar Airways y American Airlines, ni el banco Bank of America, que figura entre las entidades que más financian proyectos fósiles.
Hyundai, que se promociona con sus coches eléctricos, sigue vendiendo mayoritariamente vehículos de gasolina y forma parte del lobby que presiona para diluir las medidas de reducción de emisiones. McDonald’s está ligada al impacto de la industria cárnica, y Dove consume ingentes cantidades de plástico. Todo ello dibuja un escenario donde la misma vitrina que mueve pasiones patrocina el motor de la crisis que luego obliga a parar los partidos por tormentas eléctricas o a enfriar los estadios con métodos insostenibles.
Paralelamente, los tres países anfitriones son grandes productores de combustibles fósiles: Estados Unidos emite el 13 % de las emisiones globales actuales y es el mayor emisor histórico, mientras que Canadá y México suman otro 3 % entre ambos. La cita deportiva se convirtió así en un escaparate de las mismas políticas que la ciencia climática urge a transformar.
📋 Los datos clave de un vistazo
- El dato: El Mundial 2026 generó 9 millones de toneladas de CO₂e, casi el doble que la media de los últimos torneos (2010‑2022), según Greenpeace.
- Por qué importa: La movilidad aérea masiva, el formato ampliado y los patrocinios de la industria fósil disparan una huella que acelera la crisis climática.
- Lo que puedes hacer: Exigir a las instituciones y a la FIFA patrocinios libres de combustibles fósiles, desplazamientos ferroviarios en 2030 y el uso de infraestructuras ya existentes.
- A tener en cuenta: Los cálculos de CO₂e todavía no incluyen todas las emisiones indirectas; el verdadero impacto podría ser aún mayor.

“Casi el doble de emisiones que la media histórica: el Mundial 2026 demuestra que los grandes eventos pueden ser un acelerador de la crisis climática si no se toman medidas desde ya.”
Lo que el fútbol puede enseñarle al planeta: lecciones para 2030
La buena noticia es que este despropósito deja una hoja de ruta clarísima. El próximo Mundial, que se jugará en 2030 en España, Portugal y Marruecos, tiene la oportunidad de marcar un antes y un después. La ciencia —y los datos del propio torneo— señalan qué palancas hay que mover.
La primera es repensar la movilidad. Si en 2026 los vuelos fueron los grandes culpables, en 2030 se pueden sustituir por trenes de alta velocidad siempre que sea posible y por vehículos eléctricos compartidos cuando no lo sea. Las distancias entre los tres países anfitriones son asumibles por ferrocarril, y las ciudades ya cuentan con buenas conexiones.
La segunda es desterrar los patrocinios de la industria fósil. La FIFA puede, si existe presión social y política, vetar a las empresas que no tengan un plan creíble de descarbonización. Mientras Aramco o las grandes aerolíneas luzcan junto al logo del torneo, el mensaje de sostenibilidad será una farsa.
En tercer lugar, la infraestructura cuenta. Aprovechar los estadios que ya existen evita las emisiones de construir otros nuevos. Y, en lugar de recurrir a aires acondicionados, las estrategias basadas en la naturaleza —más zonas verdes, sombra y superficies permeables— pueden reducir la temperatura sin gastar más energía.
“El Mundial de 2030 en España, Portugal y Marruecos tiene la oportunidad de romper con esta inercia y convertirse en un ejemplo de cómo el deporte puede liderar la transición ecológica.”
Detrás de cada una de estas medidas hay ciencia contrastada. El IPCC deja claro que limitar el calentamiento a 1,5 °C exige recortes rápidos y profundos en todos los sectores, incluido el ocio. Un solo Mundial no va a descarrilar el clima, pero sí puede ser el altavoz para que millones de personas entiendan que el fútbol —y todo lo que lo rodea— necesita jugar en campo sostenible.
🌍 Ficha de Impacto: El Mundial de 2026 y nuestro clima
- El problema: Un formato de 48 equipos y tres países anfitriones disparó las emisiones de CO₂ hasta casi el doble de la media histórica de los Mundiales.
- Datos importantes: 9 millones de toneladas de CO₂e, 5 millones de desplazamientos aéreos, patrocinios de las principales empresas fósiles y plásticas, y pausas de hidratación históricas por calor extremo.
- Repercusión en tu vida: El cambio climático que el fútbol contribuye a acelerar se traduce en olas de calor más frecuentes, facturas energéticas más altas y una menor seguridad para disfrutar del deporte al aire libre.


