Inteligencia artificial y clima: la IA añade entre 0,47 y 1,8 gigatoneladas de CO2 al año al impulsar fósiles

Cuando pensamos en inteligencia artificial la imaginamos creando textos o imágenes, pero rara vez nos detenemos a preguntar cuánto contamina. Un estudio reciente de Nature da un golpe sobre la mesa: las ganancias de productividad que la inteligencia artificial aporta a la industria de los combustibles fósiles están generando más emisiones de las que sus aplicaciones en renovables consiguen evitar. El balance neto es de entre 0,47 y 1,8 gigatoneladas de CO₂ adicionales cada año, un lastre que equivale a entre el 1 % y el 5 % de las emisiones totales del sector energético.

Los investigadores modelaron el potencial técnico de la IA para optimizar la generación de energía limpia y, al mismo tiempo, proyectaron cómo puede ayudar a extraer más carbón, petróleo y gas. Tras analizar 64 escenarios distintos, el resultado fue demoledor: incluso en los supuestos más favorables, la huella de carbono de la inteligencia artificial se inclina del lado de los combustibles fósiles.

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El estudio que desmonta la idea de una IA limpia

La promesa de una inteligencia artificial verde ha dominado los discursos tecnológicos de los últimos años. Se argumenta que los algoritmos optimizan redes eléctricas, predicen la generación eólica o solar y reducen el desperdicio energético. Sin embargo, el trabajo publicado en Nature muestra que esos beneficios se quedan cortos cuando se compara con el empuje que la IA da a la producción de crudo, gas y carbón.

Las proyecciones recogidas en el estudio abarcan desde escenarios conservadores hasta despliegues masivos de IA. En todos ellos, las emisiones evitadas por las energías renovables fueron insuficientes para compensar las emisiones adicionales generadas por el sector fósil. La razón es tan simple como inquietante: la inteligencia artificial no discrimina sectores y la industria de los hidrocarburos la utiliza para perforar más eficientemente, gestionar yacimientos y reducir costes, aumentando así la oferta global.

Por qué la inteligencia artificial engorda las emisiones fósiles

No se trata de que la IA sea mala por naturaleza. Como cualquier herramienta, su impacto depende de hacia dónde se oriente. El problema que el estudio saca a la luz es que el sector de los combustibles fósiles invierte mucho más en digitalización y algoritmos avanzados que el de las renovables, y los resultados son una mayor producción y, por tanto, más dióxido de carbono liberado a la atmósfera.

Entre las aplicaciones concretas que incrementan la extracción de recursos fósiles figuran la optimización de la perforación, el mantenimiento predictivo en plataformas marinas y la mejora de la recuperación de hidrocarburos. Cada barril adicional de petróleo o metro cúbico de gas que se extrae gracias a la IA suma emisiones que la misma tecnología no logra contrarrestar cuando se aplica a paneles solares o aerogeneradores.

emisiones inteligencia artificial

📋 Los datos clave de un vistazo

  • El dato: La IA añade netamente entre 0,47 y 1,8 gigatoneladas de CO₂ al año, según el modelo de Nature, lo que representa entre el 1 % y el 5 % de las emisiones del sector energético.
  • Por qué importa: Esas cifras superan con creces las reducciones que la misma IA consigue en el ámbito de las renovables, cuestionando el discurso de una digitalización automáticamente sostenible.
  • Lo que puedes hacer: Exigir a las empresas tecnológicas y a los reguladores que dirijan la inversión en IA hacia aplicaciones que descarbonicen, no hacia aquellas que perpetúen los combustibles fósiles.
  • A tener en cuenta: El rango de escenarios es amplio (0,47-1,8 Gt), lo que indica una gran incertidumbre; la cifra real dependerá de las políticas y las prioridades de inversión que se adopten en los próximos años.

La IA es una herramienta neutra, pero su huella climática depende de hacia dónde dirijamos su potencia: si alimenta a los fósiles, el planeta pierde.

Hacia una digitalización que sume y no reste al planeta

Los resultados del estudio no son una condena a la inteligencia artificial, sino una llamada a enderezar el rumbo. La misma capacidad de optimización que hoy hincha la producción fósil puede volcarse en acelerar la transición energética si se establecen las reglas de juego adecuadas.

Por un lado, los gobiernos podrían condicionar los incentivos a la digitalización a que se demuestre una reducción neta de emisiones, penalizando las aplicaciones que intensifiquen la extracción de hidrocarburos. Por otro, las propias empresas de IA deben transparentar el balance completo de carbono de sus productos, incluyendo tanto los ahorros en renovables como el empuje indirecto a los combustibles fósiles.

Además, ya existen iniciativas que demuestran que la IA puede ser una aliada climática cuando se la enfoca bien: desde sistemas de predicción de la demanda energética hasta plataformas que optimizan el autoconsumo solar en los hogares. La clave está en multiplicar esas aplicaciones y desincentivar las que nos alejan de los objetivos del Acuerdo de París.

En definitiva, lo que el estudio de Nature deja claro es que la huella climática de la inteligencia artificial no está escrita en piedra. Depende de decisiones humanas, de normativas ambiciosas y de una ciudadanía que exija que la digitalización sirva para proteger el planeta, no para seguir quemándolo.

🌍 Ficha de Impacto: La huella climática de la inteligencia artificial

  • El problema: Las aplicaciones de IA en la industria de los combustibles fósiles generan más emisiones de las que sus usos en renovables consiguen evitar, resultando en un aumento neto de CO₂.
  • Datos importantes: Entre 0,47 y 1,8 gigatoneladas de CO₂ netas al año, equivalentes a entre el 1 % y el 5 % de las emisiones del sector energético. El estudio de Nature se basa en 64 escenarios que combinan usos verdes y fósiles.
  • Repercusión en tu vida: El impacto climático de la IA se traduce en un calentamiento adicional que agrava sequías, olas de calor y fenómenos meteorológicos extremos con consecuencias directas para la salud, la agricultura y el coste de la vida.

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