Comer de todo se ha repetido tanto que ha dejado de ser un consejo y se ha convertido en una excusa. La frase, atribuida al doctor Francisco Grande Covián, tenía todo el sentido en la España de los años ochenta, cuando el problema era la escasez y había que ampliar la mesa. El entorno, sin embargo, ha cambiado por completo. Según el Libro blanco de la nutrición en España, nuestras abuelas cocinaban con un catálogo de un centenar de alimentos. Hoy el supermercado ofrece más de 44.000 productos. Abrir el abanico cuando el lineal está lleno de ofertas de pobre perfil nutricional no mejora la dieta: la empeora.
Y aquí está el matiz que casi nadie cuenta: la variedad, por sí sola, no dice nada de la calidad. Una dieta variada y equilibrada se mide por lo que aporta al organismo, no por cuántas etiquetas distintas pasan por el carro de la compra.
Qué dice la ciencia sobre el consejo de comer de todo
No es una opinión de nutricionista. Hay publicaciones científicas que han analizado la relación entre la diversidad de elecciones alimentarias y la salud, y sus conclusiones apuntan en dirección contraria al eslogan: a más variedad disponible, peores resultados de salud. Los propios autores señalan que sus datos no respaldan la idea de que comer de todo con moderación conduzca a una mayor calidad de la dieta ni a mejor salud metabólica, es decir, a un mejor funcionamiento del metabolismo, ese conjunto de procesos con los que el cuerpo obtiene energía y regula el azúcar o las grasas en sangre.
El motivo no es semántico, es operativo. Vivimos en un entorno alimentario obesogénico: un ambiente en el que lo más barato, lo más visible y lo más publicitado es justo lo menos recomendable. En ese contexto, la variedad de escaso valor nutricional introduce ruido y tentaciones.
La palabra que se resiente es «moderación». Se vuelve elástica. Casi todo el mundo se percibe moderado, incluso cuando repite caprichos a diario, porque la referencia de lo que es normal se ha desplazado. «Hoy toca probar esto nuevo, total, hay que comer de todo». Esa puerta entreabierta, abierta cada día, es la que acaba notándose en la báscula y en las analíticas.
La variedad solo es sana cuando varían los alimentos reales. Rotar entre marcas de lo mismo no es comer de todo: es repetir con otro envoltorio.
La trampa de la variedad ultraprocesada
Hay además una trampa estadística. Cuando el lineal ofrece miles de productos casi idénticos —galletas con azúcar, galletas con miel, galletas «con cereales», galletas «fitness»—, la sensación de variedad es enorme, pero la naturaleza de lo elegido no cambia. Y quien dice galletas dice refrescos, pizzas precocinadas o snacks salados.
Lo que es más relevante: el envoltorio refuerza esa ilusión. Los ultraprocesados, esas formulaciones industriales con ingredientes que no aparecen en una cocina doméstica, se presentan con vitaminas añadidas, fibra de etiqueta y reclamos como «sin azúcar añadido». Son señales que activan la percepción de salud sin tocar la composición de fondo.

Dicho esto, conviene no caer en el extremo contrario. Un ultraprocesado no es un veneno y no gana nada quien lo demoniza: lo que la evidencia discute no es su existencia, sino su frecuencia y el espacio que ocupa en la mesa. El problema llega cuando sustituyen a la comida real, no cuando aparecen un día suelto y sin drama.
Cómo aplicar la variedad con criterio en el día a día
Aquí merece la pena tomar posición. El consejo de comer de todo no es peligroso por lo que dice, sino por lo que deja sin decir: que no todas las elecciones valen lo mismo. Ampliar la variedad funciona cuando se amplía con alimentos, no con productos.
Y funciona distinto según quién. Quien ya tiene una base sólida —cocina, come legumbre, verdura y pescado— puede permitirse holgura sin que su dieta se desmorone. Quien está empezando agradece una regla concreta antes que una máxima abierta. Para el primero, comer de todo con matices. Para el segundo, algo más simple: que la verdura y la fruta estén presentes todos los días y que el resto se ordene alrededor.
Lo que el marketing exagera es justamente la palabra variedad. Repetir la misma verdura de temporada tres días seguidos no empobrece tu dieta: la hace más fácil y más barata. La variedad útil se juega en el color del plato y en la rotación de alimentos básicos a lo largo de la semana, no en la cantidad de envases distintos que entran en casa.
Comer de todo no te hace más libre: te hace más dependiente de un entorno diseñado para que consumas. Elegir con criterio sí funciona.
Antes de añadir algo nuevo al carro, pregúntate si eso es un alimento o un producto. Si es un alimento, adelante. Si es un producto con siete reclamos de salud en la etiqueta, déjalo para el fin de semana. Comer bien no exige complicarte la vida: exige elegir con criterio unas cuantas veces al día.
⚖️ El Veredicto: «hay que comer de todo»
- El Mito: Comer de todo, con moderación, es sinónimo de dieta variada y equilibrada.
- La Verdad: La variedad solo mejora la dieta cuando lo que varía son alimentos reales; en un supermercado con más de 44.000 productos, ampliar opciones suele ampliar ultraprocesados.
- Conclusión: Varía alimentos, no marcas: verdura, fruta, legumbre, pescado y cereales integrales cada semana. Lo demás, ocasional y sin culpa.


