Los tipos de calabaza: 25 kcal y betacarotenos, así se cocinan butternut, delicata y kabocha

Los tipos de calabaza que llegan al mercado no se parecen entre sí ni en sabor ni en textura. Y elegir bien cambia el plato.

Hay un dato que ayuda a decidir: la calabaza ronda las 25 kcal por 100 gramos en las variedades más ligeras, según las tablas de composición de alimentos de la BEDCA, y las más densas suben algo el aporte sin dejar de ser un alimento muy ligero. Más del 90% de su peso es agua, y el resto es fibra, minerales y pigmentos anaranjados.

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Es pariente del melón, el calabacín y el pepino: todos pertenecen a la familia de las cucurbitáceas, plantas trepadoras y rastreras de las que se cultivan más de 800 variedades. La calabacera crece pegada al suelo, con hojas grandes y aterciopeladas y una flor amarilla en forma de trompeta que también se come.

Cuánto aporta la calabaza: vitamina C, fibra y betacarotenos

Antes que nada, la calabaza es una verdura de temporada con una composición muy favorable. Según los datos de la Fundación Española de Nutrición, una ración cubre hasta el 31% de la vitamina C que necesitas al día, una cifra poco habitual en un alimento otoñal.

A eso se suman los carotenoides, los pigmentos que colorean la pulpa y que el organismo transforma en vitamina A, imprescindible para la visión, la piel y el funcionamiento de las defensas. Los betacarotenos son los más abundantes en las variedades naranjas, y se absorben mejor cuando el plato lleva una pequeña cantidad de grasa, como una cucharada de aceite de oliva.

La fibra completa el cuadro. Es muy saciante y su textura suave la hace apta para casi cualquier digestión, siempre en raciones normales. Con estos números no extraña que cada pieza cunda tanto: es comida para varios días.

Elegir la variedad correcta no es un capricho de chef: es la diferencia entre una calabaza que se deshace y una que sostiene el plato.

Calabaza butternut: la más fácil de pelar y la más versátil

La calabaza butternut es la que más se ve en el mercado y también la más agradecida. Su forma de pera le ha ganado apodos descriptivos como calabaza cacahuete o violín, y su piel anaranjada pálida y mate es fina y lisa, así que se pela sin esfuerzo comparada con otras variedades.

Su pulpa es firme, sabrosa y no demasiado dulce, con un ligero sabor a nuez. Esa contención en azúcar es justo lo que le permite pasar del plato principal al postre sin desentonar. Su temporada se alarga hasta diciembre, motivo por el que se la conoce como calabaza de invierno.

En la cocina admite casi todo. Rellénala y gratínala con queso feta o parmesano, un hilo de miel y unos frutos secos. O lamina la pulpa y ásala a baja temperatura hasta que quede melosa: servida sobre un puré de patata o una cucharada de ricotta, resuelve una cena sin complicaciones.

Calabaza delicata: dulce, pequeña y perfecta para asar

La calabaza delicata tiene un perfil gustativo lleno de carácter. Por fuera recuerda a un melón amarillo, con forma cilíndrica y rayas verdes sobre fondo pálido, y rara vez supera el medio kilo, así que funciona como ración individual.

Su pulpa es muy dulce, con notas de maíz y frutos secos. Al asarla, ese azúcar natural se concentra y la superficie aparece glaseada, dorada y ligeramente acaramelada: es probablemente la forma más sencilla de sacarle partido. Su piel es fina y permite rellenarla sin que se rompa. Eso sí, su calendario es distinto al del resto: la siembra y la cosecha se concentran entre diciembre y abril.

Calabaza kabocha: sabor a boniato y pulpa que aguanta el hervor

No todas las calabazas son naranjas. La kabocha, conocida como calabaza japonesa, luce una piel verde intenso y una pulpa densa con sabor dulce, suave e intenso que recuerda al boniato. Es un ingrediente habitual en el recetario nipón.

Su consistencia y la dureza de su piel le permiten aguantar el hervor sin deshacerse. Prueba a hervirla y aderezarla con un chorrito generoso de salsa de soja, o a acompañarla con cortes grasos de carne como el tocino: el contraste convierte el plato en algo meloso y lleno de matices. También funciona en repostería, porque su sabor a nuez combina con mantequilla y galleta.

La variedad no cambia solo el sabor: cambia cuánto cunde. Una delicata es una ración; una butternut grande, tres comidas.

Qué cambia de verdad cuando eliges bien la calabaza

Hay un matiz que casi nunca se cuenta. La variedad no solo altera el sabor: altera el rendimiento. Una delicata de medio kilo es una ración individual; una butternut grande da para tres o cuatro comidas y aún sobra para una guarnición. Comprar sin pensar en eso es la vía rápida a tirar comida o a quedarte corta en la mesa.

¿Merece la pena complicarse? Sí, pero por razones prácticas, no mágicas. La calabaza no cura nada ni sustituye a un tratamiento: es una verdura barata, saciante y versátil que facilita comer más vegetal cuando el tiempo aprieta. Para quien cocina de domingo a jueves con prisa, esa es su gran virtud.

Para quién tiene más sentido cada una: si nunca la has cocinado, empieza por la butternut, que perdona casi todo. Si buscas una ración pequeña y dulce, ve a por la delicata. Y si quieres un plato con cuerpo, la kabocha aguanta cualquier guiso. Un último consejo que vale para las tres: no tires las pipas, tostadas al horno son un aperitivo crujiente.

🥑 La Ficha del Alimento: calabaza

  • Nutriente estrella: los betacarotenos, precursores de vitamina A, junto a una ración que cubre hasta el 31% de la vitamina C diaria recomendada según la Fundación Española de Nutrición.
  • Calorías: unas 25 kcal por 100 g de pulpa en las variedades más ligeras; las tablas del USDA sitúan las calabazas de invierno en valores del mismo orden.
  • La mejor forma de cocinarla: asada al horno, entera o en láminas, para concentrar su dulzor sin perder fibra ni carotenoides.

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