La deforestación en la Amazonia y el Cerrado brasileño cayó a 3.335 kilómetros cuadrados en el último año, casi un 42% menos: el dato más bajo desde que hay satélites, y no es magia, es vigilancia y voluntad.
Qué dicen los datos del INPE, sin adornos
Vamos a los datos, porque aquí la precisión lo es todo. El Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil (INPE) mide cada año, con satélites, cuánta vegetación nativa desaparece. Entre agosto de 2025 y julio de 2026, el balance conjunto de Amazonia y Cerrado se quedó en 3.335 kilómetros cuadrados: casi un 42% menos que el periodo anterior.
Para hacerse una idea de la escala, en 2021 se talaron más de 13.200 kilómetros cuadrados, casi cuatro veces la cifra actual y el peor registro desde 2008. Lo de ahora es el nivel más bajo desde que el INPE empezó a vigilar la selva por satélite, en 1988.
Cuatro veces menos.
Conviene no perder de vista qué hay dentro de una hectárea de selva. No son solo árboles: es lluvia que se recicla, es suelo que no se lava con cada tormenta, es el refugio de una biodiversidad que ni siquiera hemos terminado de catalogar. Cuando se tala, desaparece algo que no vuelve en una generación.
Cuando se tala una hectárea de selva no se pierde madera: se pierde lluvia, se pierde suelo y se pierde un refugio que tardó siglos en formarse.
El Cerrado suma su propia buena noticia. Esta sabana tropical, una de las grandes fronteras agrícolas del país, registró su nivel más bajo desde que el INPE empezó a medirlo, en 2001. No hablamos solo de selva húmeda: hablamos del ecosistema que sostiene buena parte de la agricultura brasileña.
La sabana que sostiene la despensa agrícola del país merece tanta vigilancia como la selva más famosa del planeta.
Carlos Nobre, científico del clima de la Universidad de São Paulo, lo resumió para Mongabay sin adornos: lo que estamos viendo es, sin duda, muy positivo. Y añadió una comparación que da vértigo: probablemente sea el nivel más bajo desde que la dictadura militar empezó a talar la Amazonia con intensidad, a mediados de los años setenta.
De dónde viene el problema: del hacha al pasto
La historia ayuda a entender el tamaño del cambio. Brasil vivió bajo una dictadura militar entre 1964 y 1985 y en aquella época no se llevaba un registro anual de deforestación. Las estimaciones del INPE calculan que entre 1978 y 1988 se talaban de media unos 21.130 kilómetros cuadrados al año, casi seis veces lo de hoy, sin pausa.
¿Qué había detrás de esa motosierra? La apertura de carreteras, la ocupación de tierras y, sobre todo, la conversión del bosque en pasto para el ganado y en campo para la soja. Dos motores que siguen ahí y que explican por qué la vigilancia por satélite importa tanto: lo que no se mide, no se puede frenar.
📋 Los datos clave de un vistazo
- El dato: 3.335 kilómetros cuadrados talados entre agosto de 2025 y julio de 2026 en Amazonia y Cerrado, un 42% menos, según el INPE.
- Por qué importa: es el registro más bajo de la Amazonia desde 1988 y del Cerrado desde 2001.
- Lo que puedes hacer: mirar el origen de la carne, la soja o el café que compras y pedir trazabilidad real.
- A tener en cuenta: una caída no es cero. Hablamos de 333.500 hectáreas menos de bosque en un solo año.
Por qué una caída del 42% importa fuera de Brasil
La Amazonia no es un asunto local. Almacena una cantidad ingente de carbono en su madera y en su suelo, y regula el ciclo del agua de media Sudamérica. Cada kilómetro cuadrado que sigue en pie es una pequeña aportación a la estabilidad del clima global. Por eso los datos del INPE se leen con atención en Bruselas, en Pekín y en las agencias ambientales de medio mundo.
Aquí llega el matiz honesto. La ciencia del clima advierte de un riesgo de punto de inflexión: superada cierta superficie de pérdida, partes de la Amazonia podrían dejar de sostener su propio ciclo de lluvia y virar hacia formaciones más secas. El IPCC lo recoge como una amenaza con incertidumbres, no como una certeza ni como una fecha en el calendario. Lo que sí es seguro es la dirección: cuanto menos bosque, más frágil todo.
Así de simple.
Y no, la tala no es cero. Esta medición mide pérdida clara de vegetación; otros daños, como los incendios que debilitan el bosque sin arrasarlo, se evalúan por otras vías. Además, el Cerrado sigue bajo una presión agrícola enorme. La mayoría de los datos apunta en la misma dirección, pero una buena cifra en un año no convierte una tendencia en un destino.
Lo que sí está en tu mano (y lo que es solo postureo)
Aquí está la parte que de verdad mueve la aguja. La caída del 42% no viene de una campaña de concienciación: viene de años de vigilancia satelital, de inspecciones sobre el terreno y de un marco internacional que empuja a las cadenas de suministro a demostrar que su carne, su soja o su madera no salen de zona deforestada. El reglamento europeo de productos libres de deforestación va en esa dirección, y no es caridad: es trazabilidad obligatoria.
Tú no vas a parar una motosierra desde la otra punta del planeta. Pero tienes dos palancas reales. La primera, preguntar por el origen: una etiqueta sin trazabilidad es una etiqueta sin información, por mucho verde que lleve impreso. La segunda, no confundir gesto simbólico con impacto: cambiar el envase de tu café importa menos que exigir que ese café, ese cacao o ese aceite de palma tengan una cadena verificable.
Ahí está la clave.
La buena noticia es que este dato demuestra algo que la indignación a veces olvida: las políticas ambientales funcionan cuando se aplican y se miden. Y la selva responde. En menos de una década, la Amazonia ha pasado de máximos históricos de tala a un mínimo desde 1988. No es el final del problema, pero es la prueba de que hay margen.
🌍 Ficha de Impacto: la deforestación en la Amazonia y el Cerrado
- El problema: la pérdida de bosque tropical en Brasil, que durante décadas avanzó sobre la Amazonia y sobre la sabana del Cerrado.
- Datos importantes: 3.335 kilómetros cuadrados talados entre agosto de 2025 y julio de 2026, un 42% menos, según el INPE: el mínimo desde 1988 en la Amazonia y desde 2001 en el Cerrado.
- Repercusión en tu vida: menos bosque significa más carbono en la atmósfera y cadenas de suministro menos fiables. Tu cesta de la compra forma parte de esa cadena.


