Mercadona ha renovado el etiquetado nutricional de su marca propia con un objetivo muy concreto: que encuentres lo que buscas en el envase sin lupa y sin paciencia. La compañía lo resume así: «una etiqueta contiene mucha información, pero tan importante es que esté disponible como que puedas localizarla y entenderla con facilidad». Y ahí está el cambio real.
El problema nunca fue la falta de datos. Cada producto envasado informa desde hace años de su valor energético, sus grasas, sus hidratos de carbono, sus azúcares, sus proteínas y su sal. El problema era la letra pequeña, las tablas apretadas y esa sensación de estar leyendo un contrato en lugar de una etiqueta. Ahora cambia la forma, no el fondo. Y en la decisión de compra, la forma pesa más de lo que creemos.
Qué cambia exactamente en el nuevo etiquetado de Mercadona
Los cambios afectan a los productos de marca propia y tocan varios elementos del envase. El primero es el tamaño de letra, que crece. El segundo es la reorganización de los contenidos, pensada para que puedas comparar dos productos entre sí sin ir saltando de un lateral a otro.
Las tablas nutricionales ganan homogeneidad: todas se presentan igual y en el mismo orden. Además de los valores por 100 gramos o 100 mililitros, la compañía añade en muchos productos la información por porción, una referencia mucho más cercana a lo que de verdad te vas a comer. Conviene un matiz: la porción la decide el fabricante, así que no siempre coincide con tu ración real.
Los modos de preparación también se han vuelto más visibles. Horno, microondas y freidora de aire aparecen identificados con iconos e imágenes, sin obligarte a buscar el texto en letra minúscula. Parece un detalle menor y no lo es: cocinar mal un producto puede arruinar por completo su perfil nutricional.
En seguridad alimentaria, la nueva etiqueta refuerza el destacado de los alérgenos y mantiene la lista de ingredientes ordenada de mayor a menor presencia en la receta. Dicho de otro modo, lo primero que lees es lo que más lleva. Dentro de las tablas, la cadena pone el foco en proteínas, fibra, azúcares, grasas saturadas y sal, los cinco valores que más dudas generan.
Una etiqueta no cambia lo que llevas en el carro, pero cambia lo que entiendes de lo que llevas. Y entender es el primer paso para elegir mejor.
Cómo leer una etiqueta nutricional sin perderte por el pasillo

La primera regla es sencilla: compara siempre la misma columna. Si un envase te da los datos por 100 gramos y otro por porción, la comparación no vale. La referencia común en Europa son los 100 gramos o 100 mililitros, y ahí es donde se ven las diferencias reales entre dos productos de la misma categoría.
La segunda regla es mirar la sal y los azúcares con umbrales en la mano. En el etiquetado europeo se consideran valores altos más de 1,25 gramos de sal por 100 gramos y más de 22,5 gramos de azúcares por 100 gramos; por debajo de 0,3 gramos de sal, el producto es bajo en sal. Son las referencias orientativas que manejan las guías de lectura de etiquetas, y la AESAN es el organismo de referencia en España para todo lo relacionado con la información alimentaria.
La tercera regla es leer la lista de ingredientes cuando quieras saber qué es de verdad un producto. Si el azúcar aparece con varios nombres distintos —jarabe de glucosa, sirope, dextrosa o concentrado de fruta—, la cantidad total sube aunque ningún ingrediente concreto encabece la lista. Es un truco legal, no una trampa, pero conviene conocerlo.
Y la cuarta: el orden importa. Los tres primeros ingredientes definen el producto. Si en un yogur de fresa el azúcar aparece antes que la fruta, ya sabes lo que tienes en la mano sin calcular nada.
Lo que este cambio revela sobre cómo compramos
Que una cadena de distribución renueve su etiquetado no es una anécdota estética. El peso de la información nutricional en la decisión de compra ha crecido en los últimos años, sobre todo entre deportistas, personas mayores y quienes conviven con alergias o intolerancias. Para estos grupos, una etiqueta legible no es comodidad: es autonomía.
Aun así, conviene gestionar expectativas. Una etiqueta clara no convierte un ultraprocesado en un alimento saludable. Un bollo con la información perfectamente visible sigue siendo un bollo. Lo que hace el nuevo diseño es darte mejores herramientas para decidir, no decidir por ti. La diferencia entre ambas cosas es enorme.
También hay límites que ningún rediseño resuelve. La información por porción ayuda, pero puede maquillar el conjunto si esa porción es pequeña. Y sin un sistema de etiquetado frontal común en todos los países, comparar entre marcas sigue exigiendo atención. La información está; interpretarla sigue siendo cosa tuya.
La etiqueta perfecta no existe: existe la etiqueta que entiendes. Y eso, en la práctica, es lo único que te permite elegir sin depender de nadie.
El gesto que propongo hoy mismo es pequeño y muy rentable. Coge dos productos de la misma categoría —dos yogures, dos panes, dos salsas— y compara solo la columna de 100 gramos. Mira la sal, los azúcares y la fibra. Tardarás menos de un minuto y, a partir de ahí, tu criterio no dependerá de la letra grande ni del color del envase.
🚦 Semáforo Nutricional: cómo interpretar el nuevo etiquetado
- 🟢 Verde (Consumo diario): Productos por debajo de 0,3 gramos de sal y de 5 gramos de azúcares por 100 gramos. Con la nueva tabla, se identifican de un vistazo.
- 🟡 Amarillo (Moderado): Aquellos que superan 1,25 gramos de sal o 22,5 gramos de azúcares por 100 gramos. Aquí la información por porción ayuda: si la ración real es pequeña, el impacto baja.
- 🔴 Rojo (Ocasional): Para el momento puntual, sin culpa ni drama. La etiqueta no dicta lo que puedes comer: solo te cuenta qué hay dentro.


