Cuando un cliente me pregunta dónde poner dinero dentro del lujo en España, McKinsey ya ha dado la respuesta incómoda: el país no sabe todavía qué representa. Gemma D’Auria, corresponsable global de textil, moda y lujo de la consultora, lo formula sin rodeos: falta una narrativa única y coherente. Italia y Francia la tienen. Nosotros, no.
La frase tiene más recorrido del que parece. No hablamos de un problema de imagen, sino de una carencia estructural que afecta a cómo se compite, se produce y se vende. Sin un código propio, el lujo español se queda en la posición intermedia: mejor que el mass market, peor que el savoir-faire francés. Y en ese espacio, el margen no llega.
La tormenta perfecta: precios al 2%-5% y un cliente que ya no cree
D’Auria describe el momento del sector como una tormenta perfecta: riesgo geopolítico, cambios en la demanda y una presión de precios que se ha vuelto en contra de las propias marcas. Durante cinco años las subidas fueron de doble dígito. Las encuestas internas de McKinsey manejan ahora una horquilla del 2% al 5%. El frenazo no es táctico.
«Ha habido una reacción tan negativa a los aumentos de precios que las marcas van a pensarlo detenidamente antes de volver a subirlos indiscriminadamente», sostiene. Esa cautela no existía antes de la pandemia. Y añade un matiz que conviene subrayar: la calidad del producto y el legado artesanal «ya no son suficientes para impulsar la deseabilidad y la compra».
Ahí está el punto débil del relato español. Un taller de Ubrique puede coser al nivel de cualquier atelier francés; una casa de Córdoba puede trabajar el cuero con la misma precisión. Lo que no existe, según la consultora, es la estructura narrativa que convierte esa capacidad en deseo. Sin deseo, el precio no se sostiene.
El cliente de entre 5.000 y 50.000 euros anuales ya compra en el canal de reventa
El segmento que sostiene el negocio —el aspiracional y el consolidado, con un gasto anual de entre 5.000 y 50.000 euros— ha cambiado de comportamiento. Retrasa compras, compra menos y, cuando compra, mira el mercado secundario. La inflación y el coste de vida han hecho el resto.
Lo interesante es cómo interpreta McKinsey ese trasvase. La reventa, leída tradicionalmente como amenaza para el margen de la marca, «se está convirtiendo en un canal interesante de fidelización y captación». El cliente que entra por una pieza de segunda mano es un cliente que la boutique no había captado, y al que se puede reconvertir después.

El lujo español no necesita más producto: necesita decidir qué historia cuenta cuando sube el precio.
En paralelo, China deja de ser el motor que fue. El cliente local apuesta cada vez más por marcas propias, y D’Auria reconoce que el país «se está volviendo muy bueno construyendo marcas locales, incluso en el espacio del lujo». Europa pierde atractivo en ese escaparate. La receta que propone no es de producto: poner al cliente en el centro y hacerle sentir único, aunque no sea VIP.
Análisis: qué debería representar España y qué le sobra
Aquí está mi lectura. España tiene materia prima de sobra: artesanía, hospitalidad, gastronomía de producto, costa, infraestructura y una capacidad de producción que muchas maisons envidian en silencio. Lo que le falta es criterio editorial. Vender sol y playa con acabado premium no es una definición de lujo; es una promoción turística con mejor iluminación.
El caso de Inditex demuestra que el problema no es de talento. El informe The State of Fashion 2026 de McKinsey sitúa al grupo como la empresa de moda que más valor económico genera, con 5.544 millones de dólares de beneficio por delante de LVMH y de Hermès, y lo coloca por primera vez como la número uno en creación de valor entre 400 compañías cotizadas.
La operación de Zara con John Galliano apunta en una dirección que pocos esperaban del grupo gallego: incorporar a un «genio creativo» a la mezcla. Es pronto para medir resultados, pero el movimiento revela que la elevación de una marca no se compra en un catálogo. Se construye con años.
No obstante, la escala no equivale a códigos de lujo. El propio McKinsey comprobó que de 430 marcas de belleza fundadas hace veinte años o más, solo siete superaban los 1.000 millones de dólares de ventas en 2025. El tamaño es la excepción, no la norma. España necesita lo que esas siete: identidad reconocible y una razón emocional verificable.
La Fórmula 1 en Madrid ayuda a situar el país en el mapa, pero la aspiración real es otra: «fijar un estándar con el que ser reconocido globalmente». Eso no se consigue con un gran evento, sino con disciplina de producto sostenida durante dos décadas. Y con un precio que no se mueva por pánico.
💎 Ficha de Exclusividad: El código del lujo español según McKinsey
- El producto / experiencia: Tesis estratégica de Gemma D’Auria para definir la narrativa del lujo español: artesanía, hospitalidad y capacidad productiva frente a la ausencia de un relato unificado.
- Dónde conseguirlo: Informe The State of Fashion 2026 y publicaciones del área de moda y lujo de McKinsey; evolución corporativa en las memorias anuales de Inditex.
- Precio estimado: Sin coste de acceso. El dato relevante es el del cliente diana, con gasto anual de entre 5.000 y 50.000 euros, y la moderación de precios del sector, del 2% al 5%.
- Ventajas de usarlo — el valor real: Un relato propio permite sostener precio y margen sin depender del turista de paso ni de la comparación permanente con Francia e Italia.


