El motivo por el que tus migrañas se disparan en verano (y el hábito diario que las empeora)

Si este verano notas que la migraña aparece con más frecuencia y te deja más tocado que otros años, no es cosa tuya. Los neurólogos llevan semanas repitiéndolo en consulta: los pacientes describen ataques más frecuentes e intensos desde que llegó el calor, y ahora lo confirman con datos.

La explicación no es tan simple como «hace calor y por eso duele». El doctor Julio Pascual, presidente del Comité Científico de la Fundación Española de Cefaleas, lo resume así: el verano junta una combinación de factores que, sumados, bajan el umbral de dolor de quien ya sufre esta enfermedad neurológica.

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Por qué la migraña empeora con el calor

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El mecanismo tiene una explicación fisiológica concreta. Cuando sube la temperatura, se produce una vasodilatación: los vasos sanguíneos y arterias que recubren el cráneo se ensanchan, y ese es precisamente uno de los mecanismos esenciales del dolor pulsátil característico de la migraña.

A eso se suma la luz. El verano trae más horas de sol y una claridad más intensa, algo especialmente duro para quienes sufren fotofobia, un síntoma habitual durante las crisis. Varios estudios relacionan hasta en un 61% la presión intraocular elevada con la aparición de migraña, así que el mediodía de agosto se convierte en un enemigo real, no en una simple molestia.

El hábito diario que dispara los ataques

Aquí está la pieza que casi nadie relaciona con su dolor de cabeza: los horarios desordenados y, sobre todo, el ayuno prolongado. El doctor Pablo Irimia, coordinador del Grupo de Estudio de Cefaleas de la Sociedad Española de Neurología, lo señala directamente: en verano, saltarse comidas o retrasarlas puede favorecer la aparición de crisis, tanto como la propia deshidratación.

Es un patrón muy propio de julio y agosto: comidas tardías, cenas improvisadas, saltarse el desayuno porque hace demasiado calor para comer. Cada uno de esos gestos, sin que lo notes, va bajando el umbral de tu cerebro migrañoso, que según los especialistas necesita constancia y orden para no dispararse.

La deshidratación, la gran olvidada

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La falta de líquidos no es un detalle menor. Provoca una disminución de la presión arterial que hace que las arterias del cerebro se estrechen y se activen los receptores de dolor, según explica el doctor Pascual. Es, de hecho, uno de los desencadenantes mejor documentados de las crisis de migraña en la literatura científica.

El problema es que en verano perdemos agua y sales minerales por el sudor de forma constante, muchas veces sin darnos cuenta. Si esas pérdidas no se compensan con regularidad —no solo cuando aparece la sed—, el riesgo de sufrir un episodio de migraña aumenta claramente, incluso en personas sin antecedentes previos de la enfermedad.

Quién nota más este efecto

No todo el mundo reacciona igual al calor. La migraña es una enfermedad con un fuerte componente genético, y afecta especialmente a mujeres: según la Sociedad Española de Neurología, la sufre entre un 15% y un 20% de ellas, frente a un 5-8% de los hombres, y supone la primera causa de discapacidad en mujeres menores de 50 años.

Quienes ya tenían migraña antes del verano son los que muestran mayor sensibilidad a estos cambios ambientales. Pero también hay perfiles que reaccionan de forma distinta a los mismos factores estivales:

  • Personas con migraña crónica, que ya sufren dolor más de 15 días al mes y notan un empeoramiento claro con el calor
  • Personas con fotofobia marcada, para quienes la luz intensa del verano actúa como detonante añadido
  • Personas que viajan con frecuencia en estas fechas, expuestas a cambios de horario y de rutina de sueño
  • Personas que, paradójicamente, mejoran en vacaciones al reducir el estrés laboral y regularizar comidas y descanso

Cómo protegerte sin renunciar al verano

El primer paso, según los neurólogos, es la hidratación constante: no esperar a tener sed, sino beber agua repartida a lo largo del día, especialmente si hay actividad física o exposición al sol. Se recomienda no bajar de los 2,5 litros diarios en los días de más calor.

Cuida el horario de las comidas

Mantener los mismos horarios de siempre, aunque estés de vacaciones, reduce el riesgo. Evitar el ayuno prolongado y las comidas copiosas o muy tardías ayuda a que el cerebro no reciba señales de alarma metabólicas que puedan desencadenar una crisis.

Protege tus ojos y tu sueño

Usar gafas de sol y evitar las horas centrales del día limita el impacto de la fotofobia. Y aunque el verano invite a trasnochar, sostener un horario de sueño regular sigue siendo una de las medidas preventivas más citadas por los especialistas.

Lo que viene: hacia una migraña mejor controlada

La buena noticia es que la migraña, aunque sigue sin cura definitiva, cada vez se entiende y se trata mejor. Los avances en neurociencia permiten hoy modular la enfermedad con eficacia creciente, y cada vez hay más herramientas para que los propios pacientes identifiquen sus desencadenantes personales antes de que lleguen las vacaciones.

El mensaje de los neurólogos españoles es realista y a la vez esperanzador: el verano no tiene por qué ser sinónimo de sufrimiento. Con hidratación constante, horarios regulares y algo de planificación, es perfectamente posible disfrutar del calor sin que la migraña se lleve por delante los mejores meses del año.

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