Lo que Martín Berasategui y los grandes chefs echan a la tortilla de patatas para que quede esponjosa como una nube

Martín Berasategui lleva décadas haciendo la misma tortilla de patatas que el resto de España, solo que la suya queda diferente: más cremosa por dentro, con ese interior que casi tiembla al cortarla y una textura que no se parece en nada a la mayoría. El motivo no son ingredientes exóticos ni técnicas imposibles. Es algo que cualquiera puede hacer esta misma tarde en su cocina.

La clave está en lo que se añade al huevo antes de cuajar, en ese momento que poca gente da importancia y que, sin embargo, lo cambia todo. Los cocineros con más estrellas Michelin en España lo saben desde hace tiempo, y lo aplican con discreción en sus fogones. Ya es hora de que llegue a las casas.

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El truco de Martín Berasategui que transforma el huevo

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Martín Berasategui es el chef español con más estrellas Michelin en activo —once en 2026—, y entre sus manías culinarias destaca una que no suele aparecer en los libros de recetas domésticos: añadir a la mezcla de huevo batido una cucharada del aceite de cocción de las propias patatas por cada dos huevos. Ese aceite, perfumado por el ajo y la cebolla que se pocharon en él, aporta grasa extra que impide que las proteínas del huevo se contraigan demasiado al cuajar.

El resultado es un interior que se mantiene untuoso y suave incluso cuando la tortilla lleva un rato en el plato. Berasategui también insiste en mezclar los huevos con suavidad, sin batirlos con energía, porque el exceso de espuma introduce aire que seca la textura en lugar de enriquecerla.

Martín Berasategui, Jordi Cruz y el chorrito de nata que nadie confiesa

Martín Berasategui y Jordi Cruz tienen en común, más allá de sus estrellas, una forma de entender la textura del huevo cuajado: la grasa láctea es su mejor aliada. Un chorrito de nata líquida o leche entera en el batido, justo al final, actúa como separador natural entre las cadenas de proteínas del huevo, elevando ligeramente la temperatura a la que estas se contraen.

Esto significa que, aunque la tortilla esté perfectamente cuajada, el interior conserva una textura sedosa que no se vuelve gomosa ni seca. La proporción que manejan los profesionales es mínima: una cucharada rasa por cada dos huevos. Más cantidad haría la mezcla demasiado líquida y alargaría el tiempo de cuajado hasta quemar el exterior.

El papel de la yema extra y cómo la usan los chefs con estrella

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Existe un tercer recurso que los restaurantes con mayor nivel aplican de forma sistemática y que en casa casi nadie conoce: añadir una yema adicional por cada tres huevos enteros de la receta. La yema concentra la lecitina natural del huevo, ese fosfolípido que actúa como emulsionante y que impide que la grasa y el agua de la mezcla se separen durante el cocinado.

El efecto en la tortilla es directo: el núcleo queda más untuoso, con esa consistencia que los aficionados a las tortillas melosas persiguen sin saber exactamente cómo conseguirla. Es el mismo principio que convierte una mayonesa en algo sedoso o que hace que una salsa holandesa no se corte. Aplicado a la tortilla de patatas, multiplica la cremosidad sin añadir ningún sabor extraño.

Los errores que arruinan la textura antes de llegar a la sartén

El mayor enemigo de una tortilla esponjosa no está en la cocción, sino en el batido previo. Los cocineros de alto nivel coinciden en varios puntos que en casa se ignoran habitualmente:

  • Batir los huevos con tenedor y con fuerza excesiva introduce demasiado aire, lo que genera una textura más seca y parecida a un bizcocho al cuajar.
  • No dejar reposar la mezcla al menos diez minutos hace que la patata no absorba bien el huevo y el resultado quede inconsistente.
  • Usar huevos fríos de nevera provoca un cuajado desigual, con el exterior cocido y el interior todavía crudo cuando se da la vuelta.
  • Salar tarde —solo cuando la tortilla ya está en la sartén— impide que el sabor penetre en la masa y resulta en una tortilla insulsa por dentro.

¿Con cebolla o sin cebolla?

Martín Berasategui es un defensor convencido de la cebolla en la tortilla. Su argumento no es de gusto sino de textura: la cebolla pochada a fuego lento libera azúcares y humedad que se integran en la masa y contribuyen a ese interior jugoso que tan difícil resulta conseguir solo con huevo y patata. La variedad que prefiere para las patatas es la Monalisa, de carne firme y piel fina, que no se deshace durante la fritura.

El fuego, la sartén y el volteo

El calor también forma parte del truco: fuego medio-alto al principio para sellar la base y cerrar la costra exterior, y bajada inmediata en cuanto la tortilla empieza a compactarse. Berasategui recomienda humedecer ligeramente el plato antes del volteo para que la masa caiga sin resistencia y no pierda su forma.

La ciencia del huevo esponjoso y hacia dónde va la tortilla del futuro

Lo que Martín Berasategui y sus colegas aplican de forma intuitiva tiene una explicación química precisa: la grasa extra —sea aceite, nata o yema— interfiere en la formación de la red proteica del huevo durante el cuajado, dejando más espacio entre las moléculas y reteniendo humedad que de otro modo se evaporaría con el calor. Es el mismo principio detrás de las cremas pasteleras más sedosas o de los revueltos que parecen imposiblemente cremosos.

La tendencia en la cocina española de 2026 apunta a recuperar la técnica clásica con pequeños ajustes científicos: menos aire en el batido, más grasa de calidad en la mezcla. La tortilla de patatas no va a cambiar de ingredientes, pero la forma de tratarlos está evolucionando en silencio, un chorrito de nata cada vez.

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